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Un mismo corazón espiritual en dos voces

La coincidencia del Año Jubilar de San Juan de Cruz y los ejercicios de cuaresma que dará el obispo noruego Erik Varden a la Curia Romana nos lleva a la siguiente reflexión.

En una época marcada por el ruido, la aceleración y la superficialidad, la Iglesia vuelve a señalar un camino antiguo y siempre nuevo: el de la interioridad y el silencio como lugares de encuentro con Dios. El Año Jubilar de san Juan de la Cruz y recién elección del obispo Erik Varden (Noruega) para predicar los ejercicios espirituales de la Curia Vaticana revelan una profunda sintonía espiritual. Ambos, desde lenguajes distintos y separados por siglos, coinciden en una misma convicción: solo una vida enraizada en lo esencial puede dar paz, alegría y verdad al ser humano.

La celebración jubilar en torno a san Juan de la Cruz invita a redescubrir una espiritualidad plena que no se contenta con formas exteriores ni con una religiosidad superficial; el místico carmelita invita a aprender a despojarse de lo accesorio para orientarse plenamente hacia Dios. Esta misma intuición atraviesa el pensamiento de Erik Varden quien reflexiona sobre el silencio, el aislamiento y el deseo de comunión en el mundo de hoy.

Ambos comparten la convicción de que la interioridad no es un refugio intimista, sino el lugar donde se ordenan los deseos, se discierne la verdad y se aprende a vivir con mayor libertad. Desde la tradición monástica —enraizada en san Bernardo de Claraval— se subraya que el corazón humano solo encuentra su paz cuando se orienta hacia Dios.

En este camino, el silencio ocupa un lugar central. No se trata de un silencio meramente funcional o estético, sino de una actitud espiritual que permite escuchar lo que realmente importa. En san Juan de la Cruz, el silencio de la noche purifica la fe y libera al alma de falsas seguridades. En Erik Varden, el silencio aparece como una respuesta necesaria a la saturación de palabras, imágenes y estímulos que dificultan el encuentro con uno mismo y con Dios. En ambos casos, el silencio se revela como espacio de verdad y de maduración interior.

Esta espiritualidad del silencio y de la interioridad tiene consecuencias concretas en la vida personal y comunitaria. Frente a la superficialidad dominante, propone relaciones más auténticas, fundadas en la escucha y la presencia real. Cuando el corazón se pacifica, la persona se vuelve más capaz de encuentro, de comunión y de alegría verdadera. No se trata de una alegría pasajera, sino de la serenidad que brota de una vida unificada.

Tanto san Juan de la Cruz como Erik Varden coinciden en que la vida espiritual no consiste en acumular experiencias, sino en orientar toda la existencia hacia la búsqueda de Dios. Es un camino exigente, que pasa por el despojamiento y la paciencia, pero que conduce a una libertad más profunda. En este sentido, la propuesta que emerge del jubileo y de los ejercicios espirituales en el Vaticano no es evasiva ni desencarnada, sino profundamente humana y actual.

 

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